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Bolivia: 30 bebés nacieron deformados por plaguicidas el 2010

(18/03/2011)

Cochabamba, marzo de 2011. El 24 de febrero fue internada una mujer con 7 meses de embarazo en la Sala B del Hospital Maternológico “Germán Urquidi”. El diagnóstico señala que se trata de un toracópago, es decir, un feto formado por dos individuos unidos, casi de forma completa por el tórax. Por la gravedad del caso el embarazo debe ser interrumpido. No se revelan detalles por respeto a la madre.

Los proyectos productivos anuncian permanentemente cifras de la importación o exportación de productos, pero ninguno considera el sacrificio humano y de la vida en todas sus expresiones. El uso intensivo de plaguicidas para la producción es el arma que mata en silencio.
El año 2010 fueron registrados 30 casos de malformaciones congénitas. Este dato fue extraído sólo de cuatro tipos de malformaciones más comunes en Cochabamba, de los más de 200 tipos existentes, según los datos de la Unidad de Estadística del Maternológico.

Uno de los casos más difundidos en los años recientes fue el nacimiento de un bebé sirena con una sola extremidad inferior en el trópico de Cochabamba (04/03/08). “Los padres se dedicaban al cultivo de banano y conviven en la misma estancia con fertilizantes y pesticidas”, explicó el ginecólogo del Maternológico, Angel Maida. Tanta conmoción en este caso impidió ver las decenas de malformaciones fetales, no tan visibles, pero nocivas tanto para los bebés, como para la madre y la familia.

“En las comunidades del trópico, la mayoría de las veces son las mujeres quienes realizan la fumigación con productos calificados como extremada y altamente peligrosos (tipo 1a y 1b)”, asevera la coordinadora técnica del Centro de Estudios e Investigaciones en Impactos Socio Ambientales (CEIISA), Janneth Fuentes. Enfatizó que las personas no consideran que esta tarea, aparentemente liviana, es muy riesgosa.
Entre los casos con mayor incidencia Maida resalta tres: la mielomeningocele (9), las malformaciones múltiples (8), la gastrosquisis (4) y la hidrocefalia congénita (8).

La mielomeningocele (defecto en el que la columna vertebral y el conducto raquídeo no se cierran antes del nacimiento) no perdona la vida de ningún niño. “La muerte es casi inmediata después del nacimiento”, dijo Maida. La gastrosquisis provoca que los intestinos y otros órganos se desarrollen fuera del estómago, una intervención quirúrgica inmediata puede salvar la vida del bebé, pero dejando secuelas en la función intestinal.

La desinformación sobre las graves consecuencias del uso intensivo de plaguicidas hace ver que tiendas en la avenida República venden los productos a granel, sin instructivo del manejo, ni información técnica.

Los más pequeños pagan los precios más altos del daño

Además de la muerte, existen consecuencias cotidianas en el normal desarrollo de los niños. Problemas de aprendizaje y de memoria en las escuelas rurales son identificados a diario en el Centro de Estudios e Investigaciones en Impactos Socio Ambientales (CEIISA).

“Cada vez es más frecuente que niños entre 11 y 12 años realicen la tarea del fumigado”, expresa la responsable técnica del CEIISA, Janneth Fuentes.
Esta situación se debe a que los padres, en el trabajo cotidiano, realizan tareas más pesadas o que requieren mayor fuerza, y los niños ayudan con la riesgosa fumigación. Existe otra situación donde la migración de padres deja a las madres con toda la obligación de la casa y la producción agrícola, y quedan los hijos como la única ayuda.

El Ceiisa implementa, en la actualidad, programas de información y capacitación con niños. En los programas se desarrollan alternativas ecológicas para mejorar la producción sustituyendo los plaguicidas tóxicos por caldos sulfocálcicos, abono bocashi, soluciones de orina de vaca, entre otros.
“Evitar que los niños apoyen en la agricultura familiar parece una tarea imposible”, señala Fuentes. Es así que en los programas de capacitación se recomienda a los más pequeños bañarse después de cada fumigación, y cambiarse la ropa, como medidas básicas de prevención.

El 65 por ciento de productores se niega a aceptar el peligro

“Si todos mis hijos hubieran nacido, tendría veinte, en total han debido nacer unos 10, pero ahora sólo viven cinco” es uno de los testimonios rescatados por investigadores del CEIISA. Las respuestas que dieron las mujeres a esta situación son: “Es que no soy fértil”, “estoy enferma”, “el feto no se fijó bien en mi vientre”, todo menos que fue a consecuencia de la exposición constante a los plaguicidas.

“La naturalidad con la que se refieren a estos casos es alarmante, ya que parece no afectarles en lo absoluto”, expresó la responsable técnica del CEIISA, Janneth Fuentes.

Los dolores de cabeza, irritación en la piel, ardor en los ojos, son justificados por respuestas como “no desayuné bien”, “anoche me trasnoché”, o “vine corriendo”.

Actitudes como ésta se reflejan al menos en el 65 por ciento de la población que niega los efectos nocivos de estos químicos, o que sale en su defensa para no tener que dejarlos y bajar su producción. Tratando de encontrar una explicación a la reacción de las madres, Fuentes señaló que la idiosincrasia de las personas dificulta que puedan ver el daño en su verdadera magnitud. “Los plaguicidas llegaron a las comunidades rurales como “Jampi” o medicina para las plantas, como algo que cura y no como algo que pueda dañar”.

Consultas al autor: ceiisa@ceibo.entelnet.bo
Fuente: OPINION
http://www.opinion.com.bo/opinion/articulos/2011/0227/noticias.php?id=3449