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Chile: malformaciones congénitas en Pomaire por acción de plaguicidas

(06/01/2005)

9 de septiembre de 2004, Santiago de Chile. La vinculación entre la exposición a plaguicidas y el nacimiento de niños con malformaciones congénitas estuvo en el primer plano de la noticia en diarios y radios locales de la comuna de Melipilla, como consecuencia de la exhibición de la muestra “Nueva artesanía chilena”, del artista Luis Verdejo, en la localidad rural de Pomaire, situada a 70 km de Santiago.

La conmovedora exposición de pequeñas figuras en arcilla que representan fetos malformados, de Verdejo, tuvo la virtud de sacar del silencio y del anonimato el drama de muchas familias en cuyo seno han nacido niños con severas malformaciones, como resultado de la exposición de sus padres a plaguicidas en faenas agrícolas. En ese sentido, se ha cumplido plenamente uno de los objetivos del artista plástico: provocar un debate para que se tome conciencia de estos atentados cotidianos contra la vida humana y promover la eliminación de los agroquímicos más peligrosos. La muestra se había presentado previamente en la ciudad de Melipilla, donde provocó una intensa polémica.

En Pomaire, la exposición se instaló en la sede de la Junta de Vecinos con el apoyo del Sindicato de Alfareros, Trabajadores Temporeros y Trabajadores Independientes (Martralipu), con el respaldo de la Asociación de Alfareros y con el patrocinio de RAP-AL Chile y de la Alianza por una Mejor Calidad de Vida. La ironía implícita en el nombre de la muestra, “Nueva artesanía chilena”, se hizo más patente en esta localidad rural famosa en todo el país y más allá de sus fronteras por su tradicional artesanía en arcilla roja. Esa es la principal fuente de trabajo en este pueblo de alrededor de 8.000 habitantes, junto con los trabajos agrícolas que se realizan en las inmediaciones del pueblo, especialmente en las temporadas de recolección de frutos. Pomaire está rodeado de cerros cubiertos casi hasta la cima por cultivos de paltos y limones en predios pertenecientes a las empresas Frupol y Agrícola Vista Hermosa, donde se fumiga constantemente utilizando tractores.

En los últimos cinco años hay al menos cinco casos de niños nacidos con graves malformaciones genéticas y también se ha observado un aumento de abortos espontáneos. Juan Vargas, presidente de la Junta de Vecinos, relata su propia experiencia. Trabajó durante siete años en Vista Hermosa aplicando diferentes plaguicidas con una bomba manual sobre cultivos de frutales y hortalizas. “Sólo me acuerdo del nombre de un plaguicida, Karate (principio activo lambdacihalotrina, insecticida), era uno de los más fuertes”. Se intoxicó dos veces, con vómitos y mareos constantes. En otra oportunidad le saltó líquido a los ojos. En una ocasión estuvo seis meses seguidos fumigando, junto a otros trabajadores. Sólo les daban una mascarilla simple, de tela, como única protección. “Nunca nos explicaron las consecuencias nefastas que eso nos podía traer con el correr del tiempo”, dice el dirigente vecinal. Y experimentó esas consecuencias en carne propia, de la peor manera. “En esa época, sin saber de todos los plaguicidas que tenía en el cuerpo, embaracé a mi señora. Ella perdió la guaguita (bebé) a los dos meses. Y fue mejor, porque quizás cómo habría nacido. Después, un doctor me dijo que tenía que abstenerme de embarazar a mi mujer por un largo período, porque el líquido quedaba en el organismo. Así supimos que esto trae secuelas graves. Lamentablemente, es mucha la gente que se expone a los plaguicidas, por la escasez de trabajo. Ahora hay un poco más de precauciones, pero el problema es que el pueblo está en la entrada del valle, en un hoyo, y la contaminación se encajona. Cuando fumigan, donde yo vivo se llena de mal olor”. Los dirigentes vecinales están tratando de establecer la cantidad de abortos que ha habido en Pomaire para informar a la comunidad. “Estamos pidiendo que se hagan estudios para que las autoridades intervengan y se tome conciencia de que tenemos derecho a vivir una vida plena y sana. Espero que esta exposición sirva para que el gobierno haga entender a los empresarios que aquí también hay seres humanos, que hay que respetarlos”, señala Juan Vargas.

Temor de tener un hijo

El pequeño Miguel Medina, de 4 años, es un testimonio vivo de las atrocidades producidas por los agrotóxicos en la genética humana. Nació con hidrocefalia, una mielomeningocele muy grave (columna abierta), con problemas en la vejiga y los riñones en herradura (anclados), además de una paraplejia que no le ha permitido caminar. Miguel se desplaza en silla de ruedas, lo habla todo –aunque le cuesta modular- y va a la escuela. Es un niño afectuoso que vive rodeado de cariño en su modesto hogar.

Su madre, Paula Caroca, tuvo una primera hija normal a los 18 años. Luego comenzó a laborar en el campo –igual que su padre-, como trabajadora de temporada. Ni ella ni sus compañeras de trabajo estaban enteradas del daño a que se exponían al entrar en contacto con plaguicidas. Paula tenía 19 años cuando nació Miguel. Sólo entonces supo de las malformaciones del niño. El médico que controló el embarazo había detectado una probable hidrocefalia en las ecografías, pero no le dijo nada. “Lo lamento, porque eso me habría permitido estar preparada al momento del parto. Después de dos meses supe que probablemente el niño nació así por los plaguicidas con los que pude estar en contacto. Los médicos no están ciento por ciento seguros, porque no hay una prueba específica para decir que fue eso, pero es lo más probable”, señala la joven madre.

Miguel ha tenido 13 operaciones (cabeza, intestinos, vejiga, pies, columna...). La próxima operación será para soltarle la médula, porque la tiene anclada. Eso le oprime el pulmón y no puede respirar bien. Tal vez entonces pueda mover sus piernas con apoyo ortopédico. Lo controlan en cuatro hospitales diferentes, todos ubicados en la capital, Santiago.
Paula, según los médicos, tendría que esperar 10 años para volver a embarazarse, suponiendo que entonces sus cromosomas habrán vuelto a un estado normal. Sabe que el caso de Miguel no es único. “En la misma época hubo como 10 compañeras de trabajo de Isla de Maipo, Lonquén, Curacaví y San Pedro –otras localidades rurales- que tuvieron hijos con problemas. Una niña nació con las venas del cráneo afuera, la operaron y vivió dos años. Otro niño nació sin brazos”.

Verónica Pinto y Alejandro Barriga, presidente del sindicato Martralipu, tuvieron un primer hijo en 1997. Dos años después nació Camilo con una cardiopatía congénita y una malformación completa interna (situs inverso). Esto significa que sus órganos interiores estaban ubicados en el lado contrario al que ocupan en todo organismo humano. Vivió 10 meses. El niño no tenía capacidad para respirar normalmente, la mayor parte del tiempo vivió conectado a una máquina, pasó largas temporadas en los hospitales y siempre en estado de suma gravedad.

En ese momento Verónica llevaba cuatro o cinco años trabajando como temporera. Era recolectora de frutas (kiwis, peras, etc.) en un packing y también realizaba labores de raleo. Las mujeres trabajaban sin protección y con frecuencia las frutas que debían seleccionar estaban recién fumigadas. “Muchas veces sentíamos el olor y nos venían mareos y náuseas”. En 1997 tuvo su único hijo sano.

“Lo de Camilo fue muy dramático para nosotros, porque cuando a los cinco meses de embarazo me hice una ecografía los doctores no me dijeron nada. A los 17 días de nacido empecé a notar algo extraño, porque el niño comenzó a ahogarse y se ponía morado. Entonces empezamos a entender lo difícil que se presentaba su vida. Cuando tenía un mes lo operaron del corazón para tratar que viviera un poco más, aunque desde el principio me dijeron que no había esperanzas. Camilo murió de una bronconeumonia, en la casa, porque como no tenía posibilidades de vida no lo volvieron a recibir en los hospitales de Santiago. Una doctora me dijo que todas las mujeres de Pomaire que habíamos tenido problemas con nuestros hijos debíamos someternos al examen de un médico genetista, pero eso es muy caro. Y también nos da temor”.

En los primeros meses de 2004 Verónica tuvo un aborto espontáneo. Le dijeron que el embrión evidenciaba malformaciones. “Luego de esta pérdida tengo un miedo espantoso a volver a embarazarme”, confiesa. No es para menos. Un familiar cercano de ella, quien trabajó como fumigador, también tuvo una hija con múltiples malformaciones. Y no pudo sobrevivir.

Su marido, Alejandro, reflexiona: “En Pomaire, para ser un pueblo de pocos habitantes, son muchos los casos. Creemos que no es cosa del azar. El viento trae todas las emanaciones de los químicos hacia el pueblo cuando las empresas fumigan. Ni siquiera nos avisan, creemos que nadie fiscaliza... Los empresarios tienen todo el poder en este pueblo y nosotros estamos hacinados en un espacio pequeño y encerrado”.

Marta Sánchez, como Carolina, reconoce que tiene miedo de dar a luz un nuevo ser. Ella comenzó a trabajar a los 14 años como temporera y sigue haciéndolo hasta hoy en diferentes predios de los alrededores. Sólo en algunos casos sus empleadores le pasaron una mascarilla –de género- y un par de guantes a modo de protección de las fumigaciones. “Los tractores pasaban fumigando al lado nuestro o sacábamos los limones poco después de haberlos rociado. Varias veces sentí mareos y malestar general”, dice la joven.

Hace tres años, cuando ella había cumplido 20, tuvo una hija con cardiopatía congénita. Catalina Andrea nació con el corazón al lado derecho y problemas en el pulmón. “Los doctores nunca me explicaron bien qué significaba eso. Cuando la niña tenía dos meses la operaron para ponerle una válvula. A los tres meses salió del hospital, se volvió a enfermar a los ocho meses y a los nueve falleció. La autopsia reveló quistes en el ovario derecho. “Los doctores nunca me dijeron que la causa fueron los plaguicidas, pero una doctora me aconsejó que dejara de trabajar en el campo cuatro o cinco años para pensar recién en tener otro hijo. Yo quedé con miedo de tener otro hijo. Y sigo trabajando en lo mismo, es donde más puedo ganar algo de plata”.

Rosa Encina es abuela de Sofía, una niña de 8 años que vino al mundo con lifanxiomas, quistes maxilares. Se los descubrieron siendo pequeña, cuando Sofía se cayó en la calle golpeándose la cara contra el pavimento. Se le hinchó ese lado del rostro hasta que se le deformó completamente y le apareció una mancha. “Lo que sucedió es que el quiste se desplazó hacia abajo, lo cual resultó menos dañiño, porque si hubiera subido le habría empujado el ojo hacia afuera. La cara siguió hinchándose poco a poco en el curso de un año y se le achicaron los ojos... Hasta que le encontraron un quiste. A través de un amigo la llevamos al Hospital de la Universidad Católica, donde el doctor Sergio Zúñiga nos dijo que era un daño provocado por plaguicidas. Mi hija estudió técnica agrícola en el Politécnico de San José y de allí la mandaban a hacer prácticas a un predio para que echara líquido en las chacras y árboles frutales, sin protección. Un año después quedó embarazada, y como le quedaban restos de plaguicidas en el cuerpo, eso se lo traspasó a la niña. Ahora sabemos lo dañino que es, antes no teníamos idea”, señala Rosa.

Sofìa tiene cuatro quistes que no es posible extraer. El único tratamiento consiste en inyectarle una droga en la zona afectada cada vez que se produce una inflamación. Hasta ahora le ha ocurrido dos veces. En esas ocasiones, el quiste más grande ha llegado a medir 39 por 29 mm. Para evitar que eso ocurra, la niña no debe masticar, de manera que todo el alimento que ingiere debe ser molido, y evitar las caídas. Tampoco puede silbar, inflar globos ni hacer mucha fuerza.

Una gran dificultad para esta familia de escasos recursos es el alto valor de la droga, que se importa desde Japón (700 mil pesos, equivalentes aproximadamente a 1.100 dólares). “La primera vez tuve que ir de negocio en negocio pidiendo ayuda para reunir el dinero que se necesitaba para inyectarle el tratamiento a la niña. No teníamos de dónde sacarlo. Pero eso le disuelve el lifanxioma. Este mes le han dado dos ataques al corazón y el doctor piensa que puede deberse a los remedios, no lo sabemos. Hay que hacerle exámenes de nuevo. Tenemos que estar siempre pendientes, y hay que tener tiempo y plata. A veces no he tenido para la micro y he caminado desde el cerro Santa Lucía hasta la Estación Central (alrededor de 30 cuadras).

Fuente: RAP-AL

Ver Revista Punto Final, edición N° 577
http://www.puntofinal.cl/

http://www.puntofinal.cl/577/malformaciones.htm

Noticia Fuente: http://www.puntofinal.cl/577/malformaciones.htm