Argentina, 2026 /Por Javier Souza Casadinho / Como parte de los insumos utilizados en los sistemas Agroalimentarios, el manejo de fertilizantes sintéticos se ha incrementado en los últimos años (cerca de 4 millones de toneladas durante 2024), si bien se los presenta como una tecnología “innovadora” que implica una cierta “modernización” y “progreso” de las actividades agrícolas y de las sociedades que los utilizan, debemos tener una mirada cauta, de largo plazo, dialéctica acerca de sus efectos sociales, ambientales y económicos.
La naturaleza, que es sabia, cíclica y paciente, recreó sus propios flujos, ciclos y relaciones, de tal manera que todos los componentes de los ecosistemas dependiéramos unos de otros, en un equilibrio dinámico a fin de lograr la sustentabilidad del sistema en conjunto, y así proveernos el sustento (alimento) para cada uno de los seres vivos participantes.
En cada ecosistema, tomado como estructura, los seres vivos nos relacionamos cumpliendo uno o varios roles, formando además parte de ciclos y flujos específicos. De esta manera, todos los vegetales gracias a un largo proceso de evolución en sus células, son capaces de producir su propio alimento, mediante la fotosíntesis, a partir de agua y dióxido de carbono. Ese alimento lo utilizarán para poder crecer, dar flores, aromas, etc., pero también estará disponible para los herbívoros, que no pueden producir nuestra comida. Luego vendrán los carnívoros, y así se forma una amplia red trófica (de alimento). Ahora bien, toda la masa vegetal que los herbívoros no aprovechan como hojas, ramas, tallos, raíces, también aquello que los carnívoros no utilizan, como la piel, lana, uñas, huesos de sus presas, todo lo cual queda en el suelo junto con el orín y estiércol. De tal manera, fundamentalmente en los primeros 30 cm del suelo, los residuos con origen vegetal y animal junto con bacterias, hongos, insectos, levaduras, forman parte de un ecosistema en sí mismo, donde se produce la descomposición de la materia orgánica, transformándola primero en humus y luego en nutrientes minerales, vitales para el crecimiento y desarrollo de las plantas.
Así, se presentan, componen y retroalimentan los flujos de energía y ciclos como el de la materia orgánica. En este sentido, cada uno cumple su rol: hay insectos que cortan las hojas, lombrices que ingieren y procesan alimento transformándolo en humus, bacterias que transforman los residuos en nitrógeno, haciéndolos disponibles para las plantas, etc. Estos procesos se cumplen naturalmente, más allá de la existencia de los seres humanos en la tierra, pero lamentablemente nuestras acciones interrumpen, cortan, alteran estos ciclos, presentando a los fertilizantes sintéticos como una solución imprescindible respecto a la alimentación de las plantas.
Cuando los seres humanos iniciamos de manera incipiente nuestras actividades agrícolas, fuimos recreando prácticas y tecnologías para mantener la sustentabilidad de los suelos, por ejemplo, con el descanso o “años sin cultivo” a fin de posibilitar el crecimiento de plantas y animales y el consecuente aporte de materia orgánica, las asociaciones de plantas herbáceas y arbóreas, el labrado superficial, el aporte de abono natural, etc.
Ahora bien, el asentamiento en territorios cada vez más grandes (sedentarización), el crecimiento de la población, la formación de clases o grupos sociales a las que hay que alimentar, junto a una creciente escisión de los seres humanos de la naturaleza, determinó la recreación de hábitos, prácticas y acciones que produjeron, primero de manera exigua y más drástica después, el deterioro de los ciclos implícitos en la producción, descomposición y trasformación de la materia orgánica.
En principio, comenzamos a deforestar montes, bosques y selvas, para luego usar el fuego. Después realizar agricultura de manera continua en el tiempo, utilizar maquinaria agrícola pesada que altera fuertemente las condiciones de vida en el suelo. Más acá en el tiempo, usamos fertilizantes extraídos de las rocas y del petróleo.
Así las cosas, volvemos al inicio: en Argentina se toma como un logro que cada año se utilicen cantidades crecientes de fertilizantes. ¿Es realmente un beneficio que lleva a originar más productos con origen vegetal? ¿Qué hay detrás de estos consumos? ¿Cuáles son las consecuencias?
Como ya lo mencionamos, la necesidad de realizar actividades agrícolas pero sin respetar “los tiempos, componentes y los ciclos de la naturaleza” lleva a que se amplíen la zonas de producción (avance de la frontera agropecuaria), se realicen actividades agrícolas de manera continua, sin hacer rotaciones, sin incorporar la cría de animales. Estas acciones determinan una menor incorporación de materia orgánica en los suelos, no se recrean las condiciones para su transformación en humus, y estos pierden sus características fundamentales, como la capacitad de infiltrar y retener agua, así como también la de producir nutrientes. Ante esta situación, los productores optan por agregar fertilizantes de síntesis, desencadenando una serie de procesos que se sinergizan y alteran no sólo las relaciones que se establecen en el suelo, sino nuestra propia alimentación.
1-En primer lugar, al intentar reemplazar los ciclos y flujos naturales por fertilizantes se produce un proceso de monetización de los procesos, transfiriendo recursos monetarios desde los productores hacia otros actores del sistema alimentario, como el constituido por las empresas que producen fertilizantes. En este sentido se debe “pagar” por un insumo, los fertilizantes, para intentar reponer alimentos que antes era suministrado por los ciclos naturales. Se trasfiere capital desde las actividades agrícolas hacia la petroquímica, y si estos son importados, divisas de nuestro país parten hacia los países exportadores.
2- Esta incorporación parcial y reduccionista de minerales suministra a unos pocos nutrientes (nitrógeno, fosforo, potasio) olvidando la necesidad de las plantas de alimentarse a partir de una gama extensa de minerales, donde cada uno es vital para participar en los ciclos metabólicos de los seres vivos. Además de ser limitado el aporte de nutrientes, la fertilización no realiza aporte de materiales para que se reproduzcan millones de seres vivos, que a su vez producen humus en el suelo. Sin humus los suelos pierden sus capacidades físicas, bilógicas y químicas.
3-El exceso de fertilizantes altera la vida de hongos, bacterias e insectos del suelo. En efecto, los fertilizantes perturban la vida por ejemplo de las bacterias, que, asociadas a las plantas, son capaces de obtener nitrógeno del aire para luego cedérselo a los vegetales.
4-Las plantas alimentadas artificialmente con exceso de nitrógeno crecen de manera anómala; sus paredes celulares son más débiles, poseen una mayor cantidad de sustancias azucaradas en su estructura por lo cual, tal como lo establece la teoría de la trofobiosis, son más atacadas por insectos, hongos y bacterias.
5-En su proceso de degradación en el suelo, los fertilizantes obtenidos a partir del petróleo, como la urea, producen Óxido nitroso, un gas que al liberase a la atmosfera produce el denominado efecto invernadero, causante del cambio climático con alteración de lluvias, sequías y temperaturas.
6- Los minerales incorporados al suelo a partir de los fertilizantes sintéticos pueden infiltrar en el suelo junto con el agua de lluvia o de riego, alcanzar las napas de agua destinadas a bebida de los seres vivos, así como otras fuentes de agua superficiales como las lagunas, lagos y ríos. En el denominado proceso de eutrofización, los minerales (fundamentalmente fósforo y nitrógeno) pueden contaminar el agua de consumo, produciendo enfermedades, así como alterar la dinámica de población de algunos seres vivos como las algas, al suministrarle más cantidad de alimento. Además, se produce la acidificación de las aguas de los océanos, alterando las condiciones vida de plantas y peces.
A modo de reflexiones finales, sugerimos repensar la idea instalada por gobiernos y empresas, de que a mayor adquisición y aplicación de tecnologías, eso conlleva a una mayor producción, y éste crecimiento y desarrollo económico en teoría lleva a alcanzar un mejor nivel de vida. La aplicación de fertilizantes altera los ciclos naturales y torna tanto tecnológica como económicamente a los productores agrarios más dependientes respeto a otros actores del sistema.
Existen evidencias claras de que podemos producir sin utilizar fertilizantes sintéticos, respetando los procesos naturales, rotando cultivos, intercalando actividades agrícolas con las ganaderas, sembrando abonos verdes, aplicando estiércol animal, y demás. Pero por sobre todas las cosas, debemos aceptar a los tiempos de la madre tierra y salir del proceso de “rapidación” implícito en nuestros modos de vida.
Nota
Todas las fotografías pertenecen al trabajo en huertas que realiza el autor del presente artículo.
Artículo publicado en Diario Huellas.
Los sistemas agroalimentarios: Repensando el uso y efecto de los fertilizantes sintéticos






